Investigación y Ensayo

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¿Dónde encuentran cabida lugares comunes?

Introducción al diálogo amplio  en la investigación

José Antonio Romero Corzo.

Profesor de filosofía de la Práctica de la UNEY.

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«Las aves del cielo tienen nido, las zorras, cuevas; mas el hijo del hombre no tiene dónde recostar su cabeza»

Este hermoso logíon atribuido al Galileo sirve de reflexión a Briceño para pensar el ámbito de existencia del ser humano en su trasiego terrenal. Al cobijo del logión también yo oso pensar. No, en condiciones estrictamente naturales, no hay cabida en la tierra para el hijo del hombre, y por ello, este se ve impelido por el imperio de sus necesidades, pero también por su libertad, a construir su propio espacio. Se ve incitado, por la fuerza inaplazable de su menesteroso condición existenciaria, a construir donde habitar, donde hacer hospitalario lo inhóspito. Es de ese cuidado para sí, curado y procurado de modo constante, por lo que el humano ser avía un espacio en y sobre la naturaleza, siempre para él hostil. De esa cura de sí, de ese cuidado para sí del ser humano, adviene el mundo, que ya no es naturaleza inhóspita sino transmutada, trasfigurada por la tarea ardua y pertinaz del hombre, por la humana empresa de serse-haciéndose. Es esa labor constante que desde inmemoriales, recónditos tiempos, el ser humano viene construyendo en lo que llamamos con toda propiedad cultura como segunda naturaleza en permanente generación y regeneración, sometida ella misma a su propia «dinamys», «energeia» y «ergón» transmutadores. Y no es otro el habitar humano, no es otro el «oikos», la casa, que desde el «ethos» realiza el humano ser en su contingente trasiego terrenal.

Lo común, frecuente, usual, acostumbrado, habitual, diario, persistente, tradicional, familiar, cotidiano, periódico, asiduo, continuo, incesante, adviene como la condición más propia, la más eseral (existencial) del ser-ahí. Lugares comunes son espacios aviados por el diario trajinar del existente en el asiduo trayecto de su comparecencia ante el mundo construido por él y para él. Tienen cabida lugares comunes en la autodonación del poetizar-construir humanos, siendo creaciones de su ser, pensar, decir y hacer. En consecuencia, lugares comunes son ámbitos anchurosos de su despliegue como seres pro-yectados en el espacio-tiempo de su acaecimiento o arribo biosicosociocultural-ético-político y, por ende, histórico. Lugares comunes son lugares amplios, extensos, donde se expande ese haz de posibilidades que somos cada uno de nosotros. Constituyen espacios-tiempos pensados, creados, construidos en nuestra más común apertura: o sea,  siendo-siempre-todavía-no por estar abiertos de modo inmarcesible hacia una posibilidad perpetuamente actual. Ello no implica que lugares comunes deban ser asumidos como meros signos de inacabamiento o apocamiento, sino, como bien lo comprendió Somogy en sus heideggerianas lecturas, como símbolos «del constante ir creciendo de un ser abierto o proyectado, vale decir, puesto ante sí mismo, como un hacerse ético, social y espiritual».

Es en esa comparecencia que nos posibilita lugares comunes, donde somos comúnmente citados para la realización de nuestros proyectos de vida, compartidos con nuestros congéneres en la cotidiana proximidad de nuestro acercamiento conversacional. Así, la preeminencia más común de nuestros lugares comunes está dada por nuestra común condición de seres del habla. Es por la gracia concedida en la generosa donación de la palabra, lo que nos posibilita el diálogo vincularte, comprensivo y amistoso, sin el cual sería imposible nuestra coexistencia en la comunidad de los seres del habla que conformamos todos y cada uno de nosotros.

El pro-yecto que hoy nos convoca trasciende, como puede entreverse, los férreos, lánguidos, exinanidos emplazamientos segmentarios y distanciadores de lo burocrático institucional, indicándonos la recuperación reapropiante de nuestra más esencial y común condición: la de ser seres que han atendido, por estar siempre a su escucha, el llamado del más prístino diálogo ontopoiético. Se trata de un llamado a pensar en voz alta sin llegar al grito, pues debemos asumir la eticidad y esteticidad implícita y explícita en el diálogo histórico de los que piensan; y éste, según Heidegger, es afín al diálogo de todos aquellos que poetizan la verdad.

Lugares comunes somos todos estos seres ahí que pensamos- hacemos-decimos, y que también convivimos, a veces, en el lugar común diálogo investigativo

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